Un grito desgarrador rompe
el silencio de la noche
El paso se detiene en la
mecida, y una voz rota, provoca un escalofrío:
“La saeta,
el cantar al Cristo de los
gitanos,
siempre con sangre en las
manos, siempre por desenclavar..”
Entre el silencio y el
canto, se escucha como un susurro
el jadeo de los costaleros,
exhaustos y magullados,
todos en uno, fundidos en el
amor a un ideal, a una promesa,
henchidos de emoción,
reposando unos minutos en la arriada,
mientras una lágrima corre
por sus mejillas, esperando la levantá
Huele a cera...
Cientos de chispeantes
velas, alumbran cálidamente
al Cristo en la cruz, y a la
madre llorando a sus pies.
Me invande un profundo
respeto, algo inexplicable,
y observo extasiada la imagen
que tengo ante mí del hombre crucificado.
El rostro de talla de
madera, de una belleza sobrenatural,
refleja el dolor
indescriptible de un cuerpo lacerado, exhausto,
pero lleno de ternura, de
amor, de perdón.
Unas gotas de sangre cubren
su frente circundada por la corona
de espinas cuyas púas
penetran cruelmente sobre el cráneo perfecto de cabellera larga y ondulada.
Los brazos, abiertos,
muestran el hueco de la axila, tenso y
arqueado,
que soporta el terrible peso
del hombro, rígidos para evitar el desgarro de las palmas clavadas en la cruz.
De complexión delgada, pero
fuerte, el pecho desnudo, surcado por una profunda llaga, parece ir a henchirse
de aire de un momento a otro.
Un ligero lienzo cubre su
sexo de hombre vulnerable, y los muslos, fuertes, marcan cada músculo en
tensión, al sujetar el cuerpo casi sin vida que tiende a vencerse hacia
delante.
Las piernas están cruzadas
en actitud de reposo; un pié sobre el otro, unidos por el yugo del clavo
infame, símbolo de la mayor perversidad humana.
Aunque lo más impactante son
los ojos; la mirada doliente, con una mezcla de súplica y pasión que parece
penetrar en las entrañas.
Es una mirada intensa, de
auxilio, retadora al mismo tiempo...
pero es una mirada sin
odio...
Viernes Santo, viernes de dolor...
Un grito desgarrador rompe
el silencio de la noche
El paso se detiene, y una
voz rota, nos hace llorar de emoción
“La saeta, el cantar al
Cristo de los gitanos,
siempre con sangre en las
manos, siempre por desenclavar...”
“No sé si verdaderamente eres
el hijo de Dios”,
No sé si todo esto tiene
sentido, como tampoco sé si tuvo sentido en su día, Pero hoy he visto en ese
rostro, al hijo que ninguna madre quisiera perder.
al sufrimiento de quienes
dieron la vida por los demás,
al joven que lucha por sus
ideales, a pesar de la mano justiciera,
He visto en ese rostro, el
perdón, la entrega, el amor en mayúsculas,
Y he sentido un profundo
respeto, y he llorado, y después me he sentido redimida...
Viernes Santo, viernes de
dolor...
Se hace el silencio.
Tres golpes del capataz,
unos segundos de concentración, y todos a una: la levantá, extremecedora,
brutal...
El Cristo avanza lentamente
entre la multitud como sí él mismo fuese caminando, sobre el calvario de los
costaleros, al compás del repique de tambores...
Viernes Santo, la madrugá.
