
Una noche, dormida, soñaba...
Creí despertar y entrar en mi sueño. Esa noche me volví a enamorar. Había encontrado a mi príncipe azul, el hombre de mis sueños. Estaba guapo, como siempre había deseado verle, estaba feliz, alegre, y bailaba, y bailábamos, y nuestros cuerpos se estremecían al ritmo de la música…
Fue una noche larga, eterna… Era la persona más dichosa del mundo en los brazos de alguien que había forjado en mi mente, alguien a quien amaba con locura desde siempre, alguien que conocía bien, pero que surgía renovado, como ese príncipe soñado tan querido, y el sueño se había hecho realidad… Era tan feliz… nos veía reflejados en el espejo, al son candente, enamorados, encadenados, como dos esbeltas garzas enzarzadas en el cortejo del amor. Y deseaba que la música no acabase nunca, pero al amanecer, se desvaneció mi sueño…
Intenté seguir soñando, alimentando una vaga ilusión de que el sueño se hiciera realidad, sólo que el príncipe azul se convirtió en ladrón y verdugo, robando todas mis ilusiones, y rompiendo mi corazón en mil pedazos.
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