Era una mujer -decían- bonita, aparentemente alegre y jovial, incluso envidiada por muchos, y, sin embargo, su sonrisa siempre estaba marcada por un rictus amargo. Una noche, esa mujer descubrió, que aparte de su piel, había otra piel, suave y aterciopelada como la suya. Una piel cuyo contacto erizaba todos sus poros, una piel que se fundía en ella, que la hacía vibrar... Y esa misma noche, descubrió también lo que era una caricia, una mano delicada que tocaba sus manos, sus labios, sus senos, hasta hacerla enloquecer...
Al día siguiente, se sintió otra; seguía siendo bonita, y jovial, pero, además su sonrisa, ya no era amarga. Y entonces se acordó de un cuento; "El hombre de la camisa feliz".
Aquel hombre, el único feliz en la tierra, no tenía camisa. Ella, también se había sentido la mujer más feliz del mundo, sin nada sobre su cuerpo, sólo con su piel...
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